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El Capitan Alatriste

por SaFiRoT
domingo, 27 de enero del 2008 a las 20:44
guardado en
La luna salió tarde, haciendo halos en los vidrios de la ventana. Diego Alatriste estaba
de espaldas a su luz, enmarcado en el rectángulo de claridad plateada que se prolongaba
hasta el lecho donde dormía María de Castro. El capitán miraba el contorno de la mujer,
escuchando su respiración tranquila, los suaves gemidos que exhalaba al agitarse un poco
entre las sábanas que apenas la cubrían, para acomodar mejor el sueño. Olió sus propias
manos y la piel de los antebrazos: tenía allí el olor de ella, el aroma de aquel cuerpo que
descansaba exhausto tras el largo intercambio de besos y caricias. Se movió, y su sombra
pareció deslizarse como la de un espectro sobre la pálida desnudez de ella. Por Cristo que
era hermosa.
Fue hasta la mesa y se sirvió un poco de vino. Al hacerlo pasó de la estera a las losas
del suelo, y el frío le erizó la piel curtida, de soldado viejo. Bebió sin dejar de mirar a la
mujer. Cientos de hombres de toda condición, de calidad y con la bolsa bien repleta,
habrían dado cualquier cosa por gozarla unos minutos; y era él quien estaba allí, ahíto de su
carne y de su boca. Sin otra fortuna que su espada y sin más futuro que el olvido. Eran
extraños, pensó una vez más, los mecanismos que movían el pensamiento de las mujeres. O
al menos de las mujeres como aquélla. La bolsa del sicario que él había puesto sin palabras
sobre la mesa -sin duda el precio de su propia vida- contenía apenas lo necesario para que
se adornara con unos chapines, un abanico y unas cintas. Y sin embargo, allí estaba él. Y
allí estaba ella.
-Diego.
Sonó en un susurro adormilado. La mujer se había vuelto en la cama y lo miraba.
-Ven, mi vida.
Dejó el vaso de vino y se acercó, sentándose en el borde del lecho, para posar una
mano sobre la carne tibia. Mi vida, había dicho ella. No tenía donde caerse muerto -incluso
eso lo establecía a diario con la espada- y tampoco era un lindo elegante, ni un hombre
gallardo y cultivado de los que admiraban las mujeres en las rúas y los saraos. Mi vida. De
pronto se encontró recordando el final de un soneto de Lope que había oído aquella tarde en
casa del poeta, y que concluía:
Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.
La luz de la luna hacía los ojos de María de Castro increíblemente bellos, y acentuaba
el abismo de su boca entreabierta. Y qué más da, pensó el capitán. Vida o no vida. Amor
mío o de otros. Mi locura o mi cordura. Mi, tu, su corazón. Esa noche estaba vivo, y era lo
único que contaba. Tenía ojos para ver, boca para besar. Dientes para morder. Ninguno de
los muchos hideputas que cruzaron por su existencia, turcos, herejes, alguaciles,
matachines, había logrado robarle ese momento. Seguía respirando pese a que muchos
intentaron estorbárselo. Y ahora, para confirmarlo, una mano de ella le acariciaba suave la
piel, deteniéndose en cada vieja cicatriz. «Mi vida», repetía. Sin duda don Francisco de
Quevedo habría sacado buen partido a todo eso, plasmándolo en catorce perfectos
endecasílabos. El capitán Alatriste, sin embargo, se limitó a sonreír en sus adentros. Era
bueno estar vivo, al menos un rato más, en un mundo donde nadie regalaba nada; donde
todo se pagaba antes, durante o después. Así que algo habré pagado, pensó. Ignoro cuánto y
cuándo, pero sin duda lo hice, si ahora la vida me concede este premio. Si merezco, aunque
sea por unas pocas noches, que una mujer así me mire como ella me mira.

Coma hablar - Amaral & Antonio Vega

por SaFiRoT
domingo, 20 de enero del 2008 a las 12:35
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Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,

volvería a buscarte en mi nave del tiempo.

Es el destino quien nos lleva y nos guia,

nos separa y nos une a traves de la vida.

Nos dijimos adios y pasaron los años,

volvimos a vernos una noche de sábado,

otro país, otra ciudad, otra vida,

pero la misma mirada felina.

A veces te mataria, y otras en cambio te quiero comer,

ojillos de agua marina.

Como hablar, si cada parte de mi mente es tuya

y si no encuentro la palabra exacta, como hablar.

Como decirte que me has ganado poquito a poco

tu que llegaste por casualidad, como hablar.

Como un pajaro de fuego que se muere en tus manos,

un trozo de hielo desecho en los labios,

la radio sigue sonando, la guerra ha acabado,

pero las hogueras no se han apagado aun.

Como hablar, si cada parte de mi mente es tuya,

y si no encuentro la palabra exacta, como hablar.

Como decirte que me has ganado poquito a poco,

tu que llegaste por casualidad, como hablar.

A veces te mataria y otras en cambio te quiero comer,

me estas quitando la vida, como hablar...

 

Los sabados - Angel Gonzalez

por SaFiRoT
martes, 15 de enero del 2008 a las 21:20
guardado en

Estas cosas no se tendrían que poner como homenaje póstumo sino simplemente como homenaje, pero con la muerte de este gran poeta me acorde de sus poesías y me es inevitable tener que poner una poesía suya.

 

ME BASTA ASÍ

Si yo fuera Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

-de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando  -luego-  callas...

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.

 

LOS SÁBADOS...

Las prostitutas madrugan mucho

para estar dispuestas...

Elena despertó a las dos y cinco,

abrió despacio las contraventanas

y el sol de invierno hirió sus ojos

enrojecidos. Apoyada

la frente en el cristal,

miró a la calle: niños con bufandas,

perros. Tres curas

paseaban.

En ese mismo instante,

Dora comenzaba

a ponerse las medias.

Las ligas le dejaban

una marca en los muslos ateridos.

Al encender la radio -«Aida:

marcha nupcial»-,

recordaba palabras

-«Dora, Dorita, te amo»-

a la vez que intentaba

reconstruir el rostro de aquel hombre

que se fue ayer -es decir, hoy- de madrugada,

y leía distraída una moneda:

«Veinticinco pesetas.»  «...por la gracia

de Dios.»

(Y por la cama)

Eran las tres y diez cuando Conchita

se estiraba

la piel de las mejillas

frente al espejo. Bostezó. Miraba

su propio rostro con indiferencia.

Localizó tres canas

en la raíz oscura de su pelo

amarillo. Abrió luego una caja

de crema rosa, cuyo contenido

extendió en torno a su nariz. Bostezaba,

y aprovechó aquel gesto

indefinible para

comprobar el estado

de una muela careada

allá en el fondo de sus fauces secas,

inofensivas, turbias, algo hepáticas.

Por otra parte,

también se preparaba

la ciudad.

El tren de las catorce treinta y nueve

alteró el ritmo de las calles. Miradas

vacilantes, ojos

confusos, planteaban

imprecisas preguntas

que las bocas no osaban

formular.

En los cafés, entraban

y salían los hombres, movidos

por algo parecido a una esperanza.

Se decía que aún era temprano. Pero

a las cuatro, Dora comenzaba

a quitarse las medias -las ligas

dejaban una marca

en sus muslos.

Lentas, solemnes, eclesiásticas,

volaban de las torres

palomas y campanas.

Mientras

se bajaba la falda,

Conchita vio su cuerpo

-y otra sombra vaga-

moverse en el espejo

de su alcoba. En las calles y plazas

palidecía la tarde de diciembre. Elena

cerró despacio las contraventanas.

 

 

Angel Gonzalez

 

PD: Gracias a Antonio por mostrarme a esta gran poeta

Permitidme tutearos, imbéciles

por SaFiRoT
domingo, 13 de enero del 2008 a las 10:16
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Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros -aquí matizaré ministros y ministras- de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros -el tuteo es deliberado- a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana -que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural-, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente -recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española-. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p'alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

A ver si puedes leerlo

por SaFiRoT
sábado, 15 de diciembre del 2007 a las 15:13
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SI CONSIGUES LEER LAS PRIMERAS PALABRAS, EL CEREBRO DESCIFRARA LAS OTRAS
 
 
C13R70 D14 D3 V3R4N0 3574B4 3N L4 PL4Y4 0853RV4ND0 A D05 CH1C45 8R1NC4ND0 3N 14 4R3N4, 357484N 7R484J484ND0 MUCH0 C0N57RUY3ND0 UN C4571LL0 D3 4R3N4 C0N 70RR35, P454D1Z05 0CUL705 Y PU3N735. CU4ND0 357484N 4C484ND0 V1N0 UN4 0L4 D357RUY3ND0 70D0 R3DUC13ND0 3L C4571LL0 4 UN M0N70N D3 4R3N4 Y 35PUM4... P3N53 9U3 D35PU35 DE 74N70 35FU3RZ0 L45 CH1C45 C0M3NZ4R14N 4 L10R4R, P3R0 3N V3Z D3 350, C0RR13R0N P0R L4 P14Y4 R13ND0 Y JU64ND0 Y C0M3NZ4R0N 4 C0N57RU1R 07R0 C4571LL0; C0MPR3ND1 9U3 H4814 4PR3ND1D0 UN4 6R4N L3CC10N; 64574M05 MUCH0 713MP0 D3 NU357R4 V1D4 C0N57RUY3ND0 4L6UN4 C054 P3R0 CU4ND0 M45 74RD3 UN4 0L4 L1364 4 D357RU1R 70D0, S010 P3RM4N3C3 L4 4M1574D, 3L 4M0R Y 3L C4R1Ã'0, Y L45 M4N05 D3 49U3LL05 9U3 50N C4P4C35 D3 H4C3RN05 50NRR31R.

Paulo Coelho-El demonio y la señora Pryn

por SaFiRoT
sábado, 15 de diciembre del 2007 a las 15:12
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  »Lo que no sabe nuestro extranjero, y ahora mismo se lo contaré, es el método que Ahab utilizó para conseguir su pro­pósito. En ningún momento intentó convencer a nadie porque conocía la naturaleza humana; confundirían la honestidad con la flaqueza, e inmediatamente pondrían en duda su poder.

»Lo que hizo fue contratar a unos carpinteros de un pueblo cercano, darles un papel con un dibujo, y mandarles que cons­truyeran algo en el lugar donde ahora está la cruz. Día y noche, durante diez días, los habitantes del pueblo oyeron el repique­teo de los martillos, vieron hombres aserrando tablones, enca­jando piezas, enroscando tornillos. Pasados diez días, siempre cubierto por una lona, montaron aquel gigantesco rompecabe­zas en medio de la plaza. Ahab reunió a todos los habitantes de Viscos para que presenciaran la inauguración del monumento.

»Solemnemente, sin discursos, retiró la lona: era una horca. Con soga, trampilla y todo lo necesario. Completamente nueva, untada con cera de abeja, para que pudiera resistir mucho tiem­po a la intemperie. Aprovechando la multitud que se había con­gregado allí, Ahab leyó una serie de leyes que protegían a los campesinos, incentivaban la cría de ganado, premiaban a los que montaran nuevos negocios en Viscos, añadiendo que, a partir de entonces, deberían dedicarse a trabajos honrados o mudarse a otro pueblo. Sólo dijo eso, no mencionó ni una sola vez el «mo­numento» que acababa de inaugurar; Ahab no creía en ame­nazas.

»Una vez terminada la reunión, se formaron diversos gru­pos; la mayoría pensaba que el santo le había sorbido el seso a Ahab y que éste ya no tenía el valor de antes, por lo que era ne­cesario matarlo. Durante los días siguientes hicieron muchos planes al respecto. Pero todos se veían, obligados a contemplar la horca que había en el centro de la plaza, y se preguntaban: ¿qué hace ahí? ¿La han montado para ejecutar a los que no acaten las nuevas leyes? ¿Quién está de parte de Ahab y quién no? ¿Tenemos espías entre nosotros?

»La horca contemplaba a los hombres, y los hombres con­templaban la horca. Poco a poco, el valor inicial de los rebeldes fue cediendo paso a! miedo; todos conocían la fama de Ahab, sabían que era implacable en sus decisiones. Algunas personas abandonaron el pueblo, otras, en cambio, decidieron probar los empleos que les habían sugerido, simplemente porque no tenían otro sitio adonde ir o, tal vez, a causa de la sombra de aquel ins­trumento de muerte que había en medio de la plaza. Al cabo de un tiempo, Viscos era un remanso de paz, se había convertido en un gran centro comercial fronterizo, empezó a exportar una lana excelente y a producir trigo de primera calidad.

»La horca estuvo en la plaza durante diez años. La madera resistía bien, pero periódicamente cambiaban la soga. Nunca fue utilizada. Ahab nunca hizo ningún comentario sobre ella. Bastó su imagen para transformar el valor en miedo, la con­fianza en sospecha, las bravatas en susurros de aceptación. Pa­sados diez años, cuando finalmente la ley imperaba en Viscos, Ahab ordenó desmontarla y usar su madera para construir una cruz, que fue erigida en el mismo lugar.

Chantal hizo una pausa. En el bar, completamente en silen­cio, resonaron los aplausos solitarios del extranjero.

-Una historia muy bonita -dijo el hombre-. Realmente, Ahab conocía la naturaleza humana: no es la voluntad de cum­plir las leyes lo que hace que la gente se comporte como manda la sociedad, sino el miedo al castigo. Todos arrastramos esta horca en nuestro interior.

 

tirar demasiado de la cuerda - Woody Allen

por SaFiRoT
sábado, 15 de diciembre del 2007 a las 15:09
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  Es para mí un gran alivio saber que por fin el universo tiene explicación; empezaba a pensar que era yo. Pero resulta que la física, como un familiar irritante, tiene to­das las respuestas. El big bang, los agujeros negros y el caldo primordial aparecen todos los martes en la sección de ciencias del Times, y gracias a eso mi comprensión de la teoría de la relatividad general y de la mecánica cuánti­ca está ahora a la altura de la de Einstein, o sea, de Einstein Moomjy, el vendedor de alfombras. ¿Cómo he podido vivir hasta ahora ignorando que en el universo hay cosas pequeñas del tamaño de la «longitud de Planck», que mi­den una millonésima de una milmillonésima de una mil-millonésima de una milmillonésima de centímetro? Si a ustedes se les cae una en un teatro a oscuras, imaginen lo difícil que sería encontrarla. ¿Y cómo actúa la gravedad? Y si de pronto dejara de actuar, ¿seguirían ciertos restau­rantes exigiendo chaqueta? Lo que sí sé de física es que, para un hombre situado en una orilla, el tiempo pasa más deprisa que para un hombre que se halla en un barco, so­bre todo si el hombre del barco va acompañado de su es­posa. El último milagro de la física es la teoría de cuer­das, que ha sido anunciada como una TDT, una «Teoría de Todo». Ésta puede explicar incluso el incidente de la semana pasada que aquí describo.

El viernes desperté y, como el universo está en expan­sión, tardé más de lo habitual en encontrar mi bata. Por este motivo salí con retraso para ir al trabajo y, como elconcepto de arriba y abajo es relativo, el ascensor en el que entré subió a la azotea, donde fue muy difícil parar un taxi. No olvidemos que un hombre que viajara en un cohete casi a la velocidad de la luz sin duda habría podido llegar a tiempo al trabajo, o quizás incluso un poco antes, y sin duda mejor vestido. Cuando por fin llegué a la ofi­cina y fui hacia mi jefe, el señor Muchnik, para explicar la demora, mi masa aumentó conforme aceleraba para acer­carme a él, lo que él interpretó como señal de insubordi­nación. Tras cruzar unas palabras enconadas, me aseguró que me descontaría ese tiempo del sueldo, que, en com­paración con la velocidad de la luz, es de todos modos muy pequeño. La verdad es que si tomamos como refe­rencia la cantidad de átomos de la galaxia Andrómeda, en realidad gano poquísimo. Intenté decírselo al señor Muchnik, quien me contestó que yo pasaba por alto que el tiempo y el espacio eran la misma cosa. Y juró que si esa situación cambiaba, me concedería un aumento. Seña­lé que si tenemos en cuenta que el tiempo y el espacio son una misma cosa, y que se tarda tres horas en hacer algo que resulta tener menos de quince centímetros de longi­tud, ese algo no puede venderse por más de cinco dólares. Lo bueno de que el espacio sea lo mismo que el tiempo es que, si viajas a los confines del universo y el trayecto dura tres mil años terrestres, cuando vuelvas tus amigos ha­brán muerto, pero no necesitarás Botox.

De vuelta en mi despacho, con la luz del sol entrando a raudales por la ventana, pensé que si de pronto estalla­ba nuestro gran astro dorado, este planeta saldría volan­do de la órbita y surcaría el infinito por los siglos de los siglos: otra buena razón para llevar siempre el móvil en­cima. Por otro lado, si algún día yo pudiera circular a una velocidad superior a trescientos mil kilómetros por se­gundo y volver a capturar la luz nacida hace siglos, ¿po­dría retroceder en el tiempo al antiguo Egipto o la Roma imperial? Pero ¿qué iba a hacer allí? Prácticamente no co­nocía a nadie. En ésas estaba cuando entró nuestra nueva secretaria, la señorita Lola Kelly. Pues bien, en la discu­sión sobre si todo está hecho de partículas o de ondas, para mí que la señorita Kelly está hecha de ondas. Salta a la vista que ondula cada vez que se acerca al surtidor de agua. Y no es que no tenga buenas partículas, pero son las ondas lo que le permite obtener esas fruslerías de Tiffany's. Mi esposa también es más de ondas que de partículas, sólo que sus ondas han empezado a colgar un poco. O quizás el problema es que mi esposa tiene demasiados quarks. La verdad es que, últimamente, al verla, uno diría que se ha acercado demasiado al horizonte de sucesos de un aguje­ro negro y parte de ella -desde luego no toda ella ni mu­cho menos- ha sido absorbida. Eso le ha dado una forma un tanto extraña, que espero sea corregible mediante una fusión en frío. Yo siempre he aconsejado a todo el mun­do que se mantenga a distancia de los agujeros negros porque, una vez dentro, cuesta muchísimo salir y conser­var a la vez el oído musical. Si, por casualidad, uno cae en un agujero negro, lo traspasa y sale por el otro lado, pro­bablemente volverá a vivir su vida entera una y otra vez, pero quedará demasiado comprimido para salir y conocer

a chicas.

Así pues, me acerqué al campo gravitacional de la se­ñorita Kelly y sentí vibrar mis cuerdas. Sólo sabía que de­seaba envolver sus gluones con mis bosones de gauge débil, introducirme por un agujero de gusano y pasar por un túnel cuántico. Fue entonces cuando me paralicé por el principio de incertidumbre de Heisenberg. ¿Cómo podía actuar si era incapaz de determinar su posición y veloci­dad exactas? ¿Y si de pronto yo provocaba una singula­ridad, es decir, una ruptura devastadora en el espacio y en el tiempo? Son tan ruidosas. Todo el mundo se volvería a mirar y yo me sentiría abochornado delante de la señorita Kelly. Pero es que la energía oscura de esa mujer atrae tanto. La energía oscura, aunque hipotética, siempre me ha puesto como una moto, sobre todo en una mujer con el mentón prominente. Concebí la fantasía de que, si lo­graba meterla en un acelerador de partículas durante cin­co minutos con una botella de Cháteau Lafite, me encon­traría junto a ella con nuestros quantos aproximándose a la velocidad de la luz y su núcleo entrando en colisión con el mío. Naturalmente, en ese preciso momento noté que me entraba un trozo de antimateria en el ojo y tuve que buscar un bastoncillo para quitármelo. Casi había perdi­do toda esperanza cuando ella se volvió hacia mí y habló.

-Lo siento -dijo-. Me disponía a pedir café y una pas­ta, pero ahora mismo no recuerdo la ecuación de Schródinger. Qué tontería, ¿no? Se me ha ido de la cabeza, así sin más.

-Cosas de la evolución de las ondas de probabilidad -sentencié-. Y si vas a la cafetería, ¿podrías traerme una magdalena con muones y té?

-Cómo no -respondió con una sonrisa coqueta mientras ella adoptaba una forma de Calabi-Yau.

Sentí que mi constante de acoplamiento invadía su campo débil mientras unía mis labios a sus húmedos neutrinos. Al parecer, alcancé una especie de fisión, porque de pronto me encontré levantándome del suelo con un morado en el ojo del tamaño de una superno va.

Supongo que la física puede explicarlo todo salvo el bello sexo, aunque le dije a mi mujer que el cardenal se debía a que el universo no se hallaba en expansión, sino que se contraía, y yo no estaba atento.

El informal-El pelo P´atras

por SaFiRoT
domingo, 18 de noviembre del 2007 a las 22:40
guardado en

Sobre el blog

Mi MaTaDeRo ClAnDeStInO

Ya que el space se me quedaba un poco pequeñe he  decido crea mi propio blog. intentare no colapsarlo con todas mis ideas, pensamiento y cosas que encuentre por hay. Espero que disfrutéis viéndolo tanto como yo escribiéndolo PD: Los comentarios estan para algo

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hola que tal me encanta la leyenda de narciso...!!!! es muy buena me identifico mucho con  ...(07 nov)
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Sublime, la belleza reside en los ojos de quién te mira...(17 dic)
El guardian entre el centeno - J.D. Salinger (marcia )
una   vez al  año,  sagradamente...vuelvo a  ver  a  mi amigo holden ....(29 oct)
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noo no es tan asi.. ustedes le dan color... si nosotras los queremos como amigos y ya es como ......(27 jul)
Coma hablar - Amaral & Antonio Vega (antonio alejo r h )
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