El Capitan Alatriste
de espaldas a su luz, enmarcado en el rectángulo de claridad plateada que se prolongaba
hasta el lecho donde dormía María de Castro. El capitán miraba el contorno de la mujer,
escuchando su respiración tranquila, los suaves gemidos que exhalaba al agitarse un poco
entre las sábanas que apenas la cubrían, para acomodar mejor el sueño. Olió sus propias
manos y la piel de los antebrazos: tenía allí el olor de ella, el aroma de aquel cuerpo que
descansaba exhausto tras el largo intercambio de besos y caricias. Se movió, y su sombra
pareció deslizarse como la de un espectro sobre la pálida desnudez de ella. Por Cristo que
era hermosa.
Fue hasta la mesa y se sirvió un poco de vino. Al hacerlo pasó de la estera a las losas
del suelo, y el frío le erizó la piel curtida, de soldado viejo. Bebió sin dejar de mirar a la
mujer. Cientos de hombres de toda condición, de calidad y con la bolsa bien repleta,
habrían dado cualquier cosa por gozarla unos minutos; y era él quien estaba allí, ahíto de su
carne y de su boca. Sin otra fortuna que su espada y sin más futuro que el olvido. Eran
extraños, pensó una vez más, los mecanismos que movían el pensamiento de las mujeres. O
al menos de las mujeres como aquélla. La bolsa del sicario que él había puesto sin palabras
sobre la mesa -sin duda el precio de su propia vida- contenía apenas lo necesario para que
se adornara con unos chapines, un abanico y unas cintas. Y sin embargo, allí estaba él. Y
allí estaba ella.
-Diego.
Sonó en un susurro adormilado. La mujer se había vuelto en la cama y lo miraba.
-Ven, mi vida.
Dejó el vaso de vino y se acercó, sentándose en el borde del lecho, para posar una
mano sobre la carne tibia. Mi vida, había dicho ella. No tenía donde caerse muerto -incluso
eso lo establecía a diario con la espada- y tampoco era un lindo elegante, ni un hombre
gallardo y cultivado de los que admiraban las mujeres en las rúas y los saraos. Mi vida. De
pronto se encontró recordando el final de un soneto de Lope que había oído aquella tarde en
casa del poeta, y que concluía:
Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.
La luz de la luna hacía los ojos de María de Castro increíblemente bellos, y acentuaba
el abismo de su boca entreabierta. Y qué más da, pensó el capitán. Vida o no vida. Amor
mío o de otros. Mi locura o mi cordura. Mi, tu, su corazón. Esa noche estaba vivo, y era lo
único que contaba. Tenía ojos para ver, boca para besar. Dientes para morder. Ninguno de
los muchos hideputas que cruzaron por su existencia, turcos, herejes, alguaciles,
matachines, había logrado robarle ese momento. Seguía respirando pese a que muchos
intentaron estorbárselo. Y ahora, para confirmarlo, una mano de ella le acariciaba suave la
piel, deteniéndose en cada vieja cicatriz. «Mi vida», repetía. Sin duda don Francisco de
Quevedo habría sacado buen partido a todo eso, plasmándolo en catorce perfectos
endecasílabos. El capitán Alatriste, sin embargo, se limitó a sonreír en sus adentros. Era
bueno estar vivo, al menos un rato más, en un mundo donde nadie regalaba nada; donde
todo se pagaba antes, durante o después. Así que algo habré pagado, pensó. Ignoro cuánto y
cuándo, pero sin duda lo hice, si ahora la vida me concede este premio. Si merezco, aunque
sea por unas pocas noches, que una mujer así me mire como ella me mira.



